¿Por qué el sistema inmune, capaz de destruir bacterias, virus y células cancerosas, no nos ataca a nosotros mismos?
La respuesta, durante décadas, fue incompleta: se sabía que el sistema inmune "aprendía" a no atacar tejido propio durante su desarrollo en el timo — la llamada tolerancia central. Pero ese mecanismo no es perfecto, y células capaces de reaccionar contra el propio cuerpo escapan a la circulación de forma rutinaria. Sakaguchi demostró en 1995 que existe una segunda línea de defensa: una población de linfocitos T especializados — las Tregs — cuya función es patrullar y suprimir activamente cualquier célula inmune que amenace con atacar tejido propio, fuera del timo.
Brunkow y Ramsdell completaron la historia en 2001 desde otro frente: identificaron que mutaciones en el gen FOXP3 causan el síndrome IPEX, una autoinmunidad devastadora y multisistémica en bebés. FOXP3 resultó ser el interruptor maestro que convierte a un linfocito T común en una Treg. Sin él, no hay freno — y el cuerpo se ataca a sí mismo casi de inmediato.
El Nobel de Medicina 2025 no premia un tratamiento — premia la confirmación de que la autoinmunidad tiene, en su raíz, un freno biológico identificable y accionable.